Día dos: Sábado 6 de junio
El sábado 6 del mes 6 del año 2026 ya era, de por sí, un día complicado de cubrir. Además, el optimismo del día anterior me hizo cometer el error de confiar en el pronóstico del tiempo finlandés.
El festival comenzó temprano. Los locales Royal Sorrow fueron los encargados de abrir la jornada ante una audiencia discreta pero completamente entregada que se rindió a la actitud, la estética y su apuesta por un metal moderno que no teme combinar elementos electrónicos, pesados y capas de progresivo con algo de pop bien montado en melodias pegajosos.




Siguiendo esa línea apareció Rioghan. ¿Qué demonios es eso que traen? Aquello fue una puesta en escena completa. Dramática, cinematográfica, brutal y hermosa. Un concierto único en su tipo.
Mientras la banda desplegaba pasajes atmosféricos y breakdowns inesperados, la vocalista sostenía una batalla coreografiada con una talentosa bailarina que parecía representar una versión oscura de sí misma, empeñada en no dejarla escapar. Uno de esos espectáculos donde no sabes exactamente qué está ocurriendo, pero tampoco quieres apartar la mirada.





El ambiente cambió por completo con Bruce Soord. Acompañado por Jon Sykes, el líder de The Pineapple Thief ofreció uno de los momentos más íntimos del festival. Canciones profundas interpretadas con una sencillez que solo poseen quienes ya no necesitan demostrar nada.
«Hello, we’re Bru… well, I’m Bruce Soord», bromeó al presentarse, provocando risas entre el público y evidenciando una costumbre adquirida tras demasiados años compartiendo escenario con otros músicos.



Entre ambos escenarios continuó el desfile de Ihlo, Vermilia, Green Carnation, Textures y A.A. Williams.
Y entonces llegó la lluvia. No una llovizna amable. Un auténtico aguacero. Y ahora sí, todo era gris, todo el recinto comenzó a verse adecuadamente Ankea.
Desde la distancia observé cómo el público respondía de formas distintas según el escenario: abrazos bajo la lluvia durante el set de A.A. Williams, euforia colectiva ante la avasalladora nueva propuesta de Textures; mientras que Sylvaine consiguió llenar el lugar de expresiones de satisfacción con una actuación tan delicada como poderosa.
Con Katatonia las expectativas eran altísimas. La ocasión lo justificaba: la banda celebraba el aniversario de The Great Cold Distance, uno de los discos más queridos de toda su carrera.

Y aquí, siguiendo la lógica de la ley de Murphy, algo tenía que impedir que el día fuera perfecto. En este caso fueron diez minutos.
El concierto cumplió ampliamente en términos musicales, pero una parte del público abandonó el recinto revisando sus teléfonos para confirmar que, efectivamente, el set había terminado antes de lo esperado.
Aun así, la banda logró ofrecer una presentación memorable.
Las luces finalmente pudieron lucir en un atardecer que parecía no terminar nunca. El escenario permanecía cubierto por una espesa capa de humo desde la que apenas emergía la figura de Jonas Renkse. Un álbum fundamental de su discografía fue homenajeado como merecía y, al finalizar, los músicos parecían genuinamente satisfechos mientras lanzaban púas y setlists hacia una audiencia dividida entre la felicidad y la resignación.






Pero si quedaba algún sabor agridulce, la elección del cierre se encargó de borrarlo.
Oranssi Pazuzu tenía la responsabilidad de clausurar la primera edición de Ankea Festival. Y vaya si estuvo a la altura.
Había escuchado muchísimo sobre ellos pero nada me preparó para la intensidad, el caos, la energía, y la sensación de estar perdiendo la noción del tiempo y del espacio, su show es absorbente, no me sentía así desde aquella fiebre alucinógena provocada por una infección respiratoria hace un par de años. Qué viaje. Lo volvería a tomar.




La noche se sentía joven para cuando finalmente abandonamos el recinto, la ropa seguía secándose sobre nuestros cuerpos. Otro resfriado parecía una posibilidad bastante razonable pero habría valido la pena.
Mientras avanzábamos hacia la parada del tranvía, la conversación giraba inevitablemente alrededor del festival. Escuché a varias personas felicitar a los organizadores por haber apostado por una idea tan específica y haber conseguido convertirla en realidad.
Y quizá ahí estaba la mejor definición posible de Ankea.
Un festival cuyo nombre evoca melancolía, oscuridad y desolación terminó dejando a miles de personas con una sensación hasta poéticamente contraria.
Después de todo, lo más Ankea de aquel fin de semana no fue la lluvia.
Fue que se terminara.
Por suerte, el éxito de esta primera edición parece ser únicamente la promesa de muchas más por venir.


















