Ankea es una de esas palabras finlandesas sin traducción exacta. Es uno de esos conceptos que cambian ligeramente según el contexto, pero que suelen utilizarse para describir algo sombrío, gris, casi miserable.
Resultó curioso, entonces, que un festival nombrado con una palabra asociada con lo desolador terminara reuniendo a tantas personas visiblemente entusiasmadas.
Y es que es normal encontrar felicidad en los rostros de quienes presencian el concierto de su banda favorita. Lo que no es tan común es descubrirse sonriendo de vuelta a desconocidos. En Ankea me ocurrió varias veces. Personas que caminaban en dirección contraria intercambiaban, casi por accidente, gestos de satisfacción, complicidad o simple alegría.
La apuesta de Ankea por enfocarse en una audiencia de nicho y, además, desafiar algunas de las prácticas que se han vuelto habituales en los grandes festivales ,aquellas que parecen reducir la experiencia a números y categorías de consumo, lo convirtió en una de las propuestas más interesantes del verano europeo.

La asistencia fue la proyectada. Ankea no pretendía romper récords, aunque terminó consiguiendo uno bastante peculiar: la fila para comprar café era la más larga de todas, y el consumo promedio de bebidas por asistente superó al de otros festivales del país.
Al final, aproximadamente dos mil personas asistieron cada día, para un total cercano a las cuatro mil durante un fin de semana que reunió a 21 artistas del post-rock, el progresivo y la música atmosférica, nacionales e internacionales.
Las bandas fueron distribuidas estratégicamente entre dos escenarios instalados en Hiedanranta, una antigua zona industrial de Tampere, Finlandia.
Y hablando de la ubicación, difícilmente podría haberse elegido un lugar mejor.
El entorno era tan desolador como evocador. La atmósfera postindustrial hacía sentir al visitante en medio de un paisaje abandonado, pero uno intervenido por enormes grafitis y espacios creativos que parecían insistir en la posibilidad de la esperanza. Había algo profundamente coherente entre esos escenarios y la música, había belleza encontrándose entre las ruinas.

Destacable además que el espacio estuviera bien diseñado para su tránsito, contaba con unas gradas para quienes quisieran descansar aunque sirvieron muchas de las veces como comedor comunitario al no tener más que asfalto como opción si querías encontrar un sitio donde sentarte a degustar tus alimentos, los que por cierto, se ofrecieron para diferentes tipos de dietas.
El Ankea pues no es un festival que venda humo, ni siquiera es de esos que ofrefcen boletos sin antes anunciar aunque sea parte de su cartel (se anunciaron ya los primeros artistas de la próxima edición, por ejemplo). Tampoco es un festival que trate a sus asistentes como clientes de distintas categorías según cuánto pagaron.
Desde su primera edición, Ankea pareció decidido a construir algo diferente: una experiencia basada en la cercanía, la comunidad y el respeto por el público. Y claro, una oferta musical que le hacía falta a Finlandia, constituyendose en el primer progfest no solo de este país sino de toda la región nórdica.
Y bueno, con todo esto, de alguna manera, terminó resignificando la propia palabra que eligió como nombre.
Ahora, debo decir que no soy precisamente el mercado target y muchos de los nombres del cartel apenas resonaban en mi memoria. Conocía quizá a un tercio de los artistas programados. Lo suficiente para sentir curiosidad, pero no para anticipar lo que terminaría encontrando durante aquel fin de semana.

Viernes 5 de junio
La jornada comenzó temprano. Desde las 13:30 arrancaron los conciertos con tres bandas locales. Entre ellas, Demonic Death Judge y su sonido pesado, que reunió a los asistentes más puntuales. Después llegó uno de los actos más aplaudidos de la tarde: VIRTA.



Describir a VIRTA es complicado. Su propuesta desafía cualquier categorización sencilla. Hay una vitalidad y una versatilidad en su música que permanecen en la memoria mucho después de terminar el concierto. Algo similar ocurre con Circle, provenientes de Pori. Lo que hacen estos músicos es una auténtica locura. El universo del que emerge su propuesta es extraño, impredecible y, precisamente por eso, imposible de ignorar.




Con el clima jugando a favor, llegó el turno de la primera banda internacional en uno de los escenarios principales. Los estadounidenses Earthside llevaron el concepto de progresivo mucho más allá de sus límites tradicionales. Energía a tope, una ejecución impecable y una interacción sumamente carismática con el público hicieron que se ganaran a la audiencia desde los primeros minutos.
Aunque, siendo justos, la tarea no era tan complicada: Finlandia aparece entre los cinco países donde más se escucha a la banda en Spotify, un dato que los músicos mencionaron con evidente orgullo y que pareció emocionarles casi tanto como estar tocando en Ankea, uno de sus shows al aire libre más grandes si no es el que más, en su carrera.




A juzgar por el tamaño de su nombre en el cartel y por la cantidad de camisetas con su logotipo que podían verse entre el público, Leprous era una de las bandas más esperadas del día. Sin embargo, para quien escribe estas líneas había una certeza anticipada: el concierto favorito de la jornada sería el de God Is An Astronaut.
Cuando descubrí que tocarían a las cinco de la tarde y a plena luz del día, sentí cierta preocupación. No sabría explicar exactamente por qué. Tal vez asociaba su música a escenarios oscuros y recintos cerrados, pero verlos con un cielo despejado no hizo ninguna diferencia.
Los hermanos Kinsella y su nuevo baterista, de origen español, llegaron a reclamar con absoluta autoridad su lugar como referentes del género. No hicieron falta juegos de luces ni una producción monumental para construir esa atmósfera que parece un portal a un mundo alterno. Lo consiguieron únicamente a través de la música, emoción por emoción, capa por capa. Sus composiciones en directo son igual de efectivas para elevarte, romperte, transformarte.
Ojalá a Ankea no le importe repetir nombres. Tener a God Is An Astronaut en futuras ediciones difícilmente podría decepcionar.


A Slift me los perdí. Los franceses estaban presentando material de su nuevo álbum «Fantasía» y no puedo emitir un juicio justo sobre el concierto, aunque la ovación que alcancé a escuchar desde la distancia sugiere que cumplieron con las expectativas.
Después llegó el turno de Kælan Mikla. A este trío islandés lo he visto, casi por accidente, más de una decena de veces. Me fascinan ellas y el papel que cada una desempeña dentro de la banda. Hay algo intensamente catártico en dejar salir lo que sea que uno lleve atrapado en el pecho mientras las capas electrónicas, las voces etéreas y el omnipresente bajo construyen un paisaje emocional difícil de describir.



Ya de camino al cierre de la jornada apareció Ihsahn. El maestro del black metal en su faceta más progresiva ofreció uno de los conciertos más esperados del festival. Fue también el momento en que detecté la primera pequeña grieta en una organización que hasta entonces parecía sospechosamente perfecta. Porque cuando todo sale demasiado bien, una parte de mí siempre piensa que algo terminará saliendo mal. Qué pensamiento tan Ankea.
Y sí, lo que salió mal fue el sonido.
Algunas fallas técnicas complicaron parte de la presentación, aunque fueron rápidamente perdonadas en cuanto apareció sobre el escenario Einar Solberg para interpretar junto a Ihsahn «Celestial Violence».
La química entre ambos era evidente. La sensación de familia se volvió aún más palpable al descubrir que el joven bajista rubio que acompañaba a Ihsahn era su propio hijo. Hubo algo genuinamente entrañable en verlos compartir escenario.




Poco después llegó el turno de Leprous. Para entonces, una enorme parte del público se había concentrado frente al escenario principal. Y aquí debo expresar mi gratitud al público finlandés por una costumbre que debería exportarse al resto del mundo: no pasar el concierto entero sosteniendo el teléfono en alto.
Disfruté aquel show mucho más de lo que esperaba.
Conocía la reputación de Leprous. Sabía que eran considerados una de las grandes referencias del progresivo contemporáneo. Sin embargo, siempre había sospechado que detrás de tantos elogios había una actitud pretenciosa.
Me equivoqué. Si la pretensión suena así en directo, entonces no tengo ningún problema en aplaudirla.
El prodigioso vocalista Einar Solberg provocó risas cuando bromeó sobre la fama de Finlandia como el país más feliz del mundo y se preguntó si era algo que realmente se notaba o si se trataba más bien de un sentimiento interiorizado, pedía más emoción colectiva e incluso retó al público a comportarse durante unos minutos como una audiencia latinoamericana.
Pero, Einar, estás en Finlandia. Estás en Ankea. Y soy testigo de que la gente estaba disfrutando cada segundo de la manera más finlandesamente posible.
Leprous cerró su presentación acompañado nuevamente por Ihsahn para interpretar «Contaminate Me», provocando una de las reacciones más entusiastas de toda la jornada.
No escuché demasiadas quejas sobre la duración del concierto ni sobre el repertorio elegido. Y si yo tengo una sola queja, es que desde entonces no he conseguido sacar «The Price» de mi cabeza.








Quizá sí que hubo quejas del otro lado del venue, y es que en el Factory Stage comenzaban a aparecer algunos gestos de impaciencia.
Un grupo de seguidores esperaba el inicio del concierto de This Will Destroy You, que se retrasó ligeramente mientras Leprous terminaba de conquistar al público del otro lado del recinto.
Sin embargo, una vez que comenzó, las caras largas desaparecieron.
O mejor dicho, se transformaron en ese tipo particular de expresión contemplativa que produce la música instrumental cuando golpea exactamente donde debe hacerlo.
La formación liderada por Chris King ofreció una demostración de todo aquello que hace especial a esta encarnación de la banda. Su historia es peculiar: los fundadores originales terminaron separados por diferencias creativas y hoy existen dos versiones de This Will Destroy You girando simultáneamente.
La alineación de King apuesta por algo profundamente orgánico. Sin pistas de respaldo. Sin artificios innecesarios. Solo músicos interpretando con precisión y sensibilidad piezas instrumentales capaces de comunicar muchísimo sin pronunciar una sola palabra.
Una delicia para los oídos y para el alma.
También una forma inteligentísima de cerrar la noche.
Después de la intensidad emocional de Leprous, This Will Destroy You condujo lentamente al público hacia un estado de calma que, sin saberlo, todos necesitábamos antes de enfrentarnos al segundo día del festival.





