Hay una historia que me encanta contar. Me imagino a mí misma dentro de 30 años narrando una vez más que hubo un momento que cambió el rumbo de muchas cosas en mi vida, y que ese momento estuvo directamente relacionado con la música hecha en Finlandia, particularmente con la de Negative.
Pensé mucho en si quería reseñar este concierto o no. El 15 de mayo de 2026, Helsinki tuvo una noche de cielo rosado y naranja; fue mi primer concierto al aire libre de la temporada y ocurrió precisamente con la banda que, de alguna manera, me trajo hasta aquí.
La primera vez que vi a Negative fue en México, también en mayo, pero de 2011. En ese entonces yo era una seguidora obsesiva de varias agrupaciones finlandesas que, contra cualquier pronóstico geográfico, habían logrado convertirse en nombres importantes en mi país. Los salarios de mis primeros empleos desaparecían entre discos importados desde Finlandia y boletos para conciertos, y de vez en cuando teníamos la suerte de que algunas de esas bandas viajaran hasta allá para tocar.
Negative terminó ocupando un lugar muy especial en mi vida. Fue una banda que me acompañó durante momentos de incertidumbre y esa especie de rebeldía confusa que a veces uno siente a cierta edad. Sus canciones me dieron algunos de los abrazos más suaves que he encontrado en la música; muchas noches se quedaban sonando en mis audífonos hasta que me dormía.
Ese mismo 2011, Negative regresaría a México como telonero de Bullet for My Valentine, pero una situación médica impidió que Jonne Aaron pudiera viajar, aun cuando el resto de la banda ya estaba en el país. El concierto ocurrió sin ellos y un pequeño grupo de fans terminamos usando el boleto solo para no perderlo, con esa sensación agridulce de quedarnos sin algo que habíamos esperado durante meses.
Pero fue precisamente esa noche de mayo cuando varios fans errantes de Negative terminamos encontrándonos entre un público de metaleros al que realmente no le interesaba demasiado el glam rock melancólico de estos finlandeses. Ahí conocí a mi alma gemela, alguien que compartía conmigo esa extraña fascinación por la música rock hecha en Finlandia. Y años después acabamos viviendo juntos en el país donde toda esa música había nacido.
Quizá por eso me costó decidir si escribir sobre este concierto. Porque en algún punto dejó de sentirse como una reseña y empezó a parecerse más a una conversación conmigo misma.
Hace apenas un par de años, Jonne Aaron, quien actualmente goza las mieles de una exitosa carrera solista construida en su propio país, se presentó en Tampere y nos regaló un adelanto de lo que sería el regreso oficial de Negative, finalmente consolidado este 2026 con esta serie de conciertos de verano.
Y con todo eso, una pieza de mi propia historia volvió a moverse.
15 de mayo de 2026. Yo, en tercera fila, a pesar de mis intentos fallidos por conseguir barricada y recibiendo el primer aviso de que ya no soy la misma. Quizá ya no tengo la misma fuerza física, pero sí esa misma química recorriéndome el cuerpo y haciendo que todo se sienta como la primera vez.
¿Te has preguntado qué se siente cuando algo que perteneció a otra vida aparece frente a ti otra vez? O mejor aún, ¿lo has sentido? Cuando se trata de canciones, bandas favoritas que jamás imaginaste volver a ver o momentos profundamente ligados a quienes fuimos, la respuesta nunca llega en un solo formato. Es como si decenas de preguntas revolotearan al mismo tiempo junto a un montón de respuestas. ¿De verdad pasó tanto tiempo? ¿Quién soy hoy? ¿Quién era cuando escuchaba esta misma canción años atrás?
Lo que puedo afirmar es que todas mis versiones estuvieron presentes esa noche.
Durante casi 90 minutos, 13 canciones y rodeada de personas que claramente estaban reviviendo sus propias historias, y es que podía verse en los rostros: hubo lágrimas, muchas; sonrisas de esas que aparecen cuando uno se reencuentra con un viejo amigo; suspiros y sueños pendientes finalmente cumplidos.
El setlist arrancó con Frozen to Lose It All, una apertura perfecta para demostrar lo en forma que Negative se encuentra actualmente. Además de Jonne Aaron, el baterista Jay Slammer, el tecladista Mr. Snack y el siempre llamativo Antti Anatomia en el bajo (con sus brillantes rastas rojas), esya vez la banda sumó a un misterioso segundo guitarrista que tocó todo el concierto con el rostro cubierto.
A la lista le siguieron My My Hey Hey, In My Heaven, Won’t Let Go y Planet of the Sun. Entre canciones, Jonne irrumpía constantemente con discursos en finés dirigidos a su público; se le veía cómodo, seguro y con la madurez de un artista que ha aprendido a ir y venir entre distintas etapas de su carrera sin perder identidad.
Luego de un breve respiro a cargo de la guitarra y batería en una interpretación de Brothers in Arms de Dire Straits, Negative regresó con Giving Up, Believe y una versión de Still Alive que terminó por romperme bonito. La interpretación de esta balada sigue teniendo esa capacidad devastadora de desacomodarme y volver a poner cada pieza en su sitio.
Y entonces llegó mi favorita: The Moment of Our Love.
La sentí sonar únicamente para mí y para mi propia historia de amor. Jealous Sky y End of the Line aterrizaron después para sacarme un poco del trance y dejar espacio a otra reflexión inevitable: las maravillosas canciones que esta banda escribió en aquella época y su absoluto derecho a reclamar hoy cierta inmortalidad.
Hay algo en la música finlandesa de esos años capaz de mover universos. Mi universo, al menos.
El cierre quedó en manos de Naive y Sinners Night / Misty Morning, canciones acertadas para darle un descanso a toda esa emoción y al mismo tiempo sacudirla un poco. Necesitaba volver lentamente a la realidad si quería salir de ahí caminando por mi cuenta.
No exagero cuando hablo con esta intensidad sobre lo que la música hizo —y sigue haciendo— por mí. Le debo muchísimo. Y conciertos como este son precisamente a los que me aferro para recordarlo.
Negative vino a decírmelo una vez más.












Todas los fotos son fancam 😉

