Hay festivales a los que uno llega por casualidad. Y hay otros que pasan años llamándote hasta que finalmente les haces caso.

El John Smith Rock Festival pertenecía, para mí, a la segunda categoría.

Durante mucho tiempo escuché a amigos, colegas y asistentes habituales repetir la misma frase: tienes que ir. Yo siempre encontraba un buen pretexto para aplazarlo. Que si la logística, que si el transporte, que si el alojamiento, que si ya habría otra oportunidad. Hasta que este 2026, casi sobre la hora, dejamos de buscar excusas y empezamos a buscar soluciones.

Tres días después entendí que el único error había sido esperar tanto.

Llegar al John Smith no es tan sencillo como tomar un tren y caminar unos metros hasta la entrada. El festival se celebra en el centro de spa y bienestar Peurunka, a las afueras de Jyväskylä, en un entorno donde el bosque y el lago parecen tener tanta importancia como los propios escenarios. El acceso depende de los autobuses oficiales que conectan constantemente la ciudad con el recinto. Durante años esa logística me pareció un obstáculo. Hoy la veo como parte del viaje, porque el John Smith empieza cuando el paisaje finlandés comienza a cambiar por la ventana y una entiende que se dirige a un lugar donde la música convive con la naturaleza.

Y eso es exactamente lo que lo hace diferente.

Mientras muchos festivales intentan sorprender con estructuras gigantescas o producciones cada vez más espectaculares, el John Smith apuesta por algo mucho más sencillo: dejar que el bosque, el lago y el verano finlandés formen parte del escenario.

La edición de 2026, además, reunió un cartel que parecía hecho a la medida de cualquiera que ame el metal en todas sus formas. Grandes nombres internacionales convivían con algunas de las mejores bandas finlandesas del momento. Pero hubo un detalle que me hizo sonreír desde que se anunció el lineup: la presencia femenina.

Epica, The Gathering, Floor Jansen y Sirenia compartían protagonismo en una edición donde las voces de mujeres ocuparon los espacios más importantes del cartel. Tres de ellas, además, neerlandesas. Un recordatorio de cuánto ha cambiado el panorama del metal y de lo necesario que resulta seguir viendo esa diversidad sobre los escenarios.

Aunque, si soy completamente honesta, había también otros motivos por los que contaba los días.

Charon y For My Pain…

Dos nombres que me devolvían directamente a aquella versión mía que descubrió el rock gótico finlandés y quedó completamente hechizada por él. Tener ambas bandas reunidas en el mismo festival era una oportunidad demasiado especial como para dejarla pasar.

El jueves: reencontrarse con viejos amores

El festival abrió sus puertas el 16 de julio.

Awake Again fueron los encargados de abrir con un directo fresco y contagioso. Después apareció Before the Dawn, sustituyendo a Decapitated tras la cancelación de su vuelo. El ambiente todavía estaba calentando motores, pero el día reservaba emociones mucho más profundas.

The Gathering salió al escenario para celebrar los treinta años de Mandylion.

Y aunque podemos decir de la manera más simplista que Anneke van Giersbergen es una extraordinaria cantante, verla en vivo es comprobar que su magia reside en hacer algo distinto, no solo canta, abraza a sus canciones y a quiénes les escuchamos. Con esa dulzura que siempre la ha caracterizado y una voz que parece desafiar el paso del tiempo, convirtió el concierto en un viaje lleno de nostalgia, elegancia y gratitud hacia un disco que marcó la historia del metal atmosférico.

Un poco antes, en el escenario Smith —sí, el festival tiene dos escenarios principales llamados el uno John y el otro Smith—, Charon ofrecía otro de esos momentos que hace unos años parecían imposibles.

Ver nuevamente a JP Leppäluoto al frente de la banda fue reencontrarme con una parte importante de la historia del metal finlandés. Su voz mantiene esa melancolía tan reconocible, pero ahora acompañada por la serenidad de quien lleva toda una vida sobre los escenarios.

Como si el día no hubiera regalado suficientes momentos especiales, tanto The Gathering como Charon dedicaron tiempo a convivir con sus seguidores durante las sesiones de firmas organizadas por el festival. Un detalle sencillo que habla de la cercanía que el John Smith busca construir entre artistas y público.

El viernes: cuando los planes cambian

El segundo día amaneció completamente distinto.

El sol brillaba con fuerza y el termómetro superaba los 25 grados. Algunos asistentes aprovecharon para descansar junto al lago o disfrutar de las saunas mientras otros recorríamos los escenarios desde las primeras horas del día.

Nuestra primera parada fue Marianas Rest. Su deathmetal elegante, melancólico y profundamente emocional confirmó por qué tantos consideran que son uno de los nombres más interesantes de la escena finlandesa actual.

Después llegaron Herra Ylppö y el ambiente festivo, Nestor con su irresistible hard rock ochentero y Kaunis Kuolematon envolviendo el recinto en esa oscuridad melancólica que solo el doom finlandés sabe construir.

Herra Ylppö

Herra Ylppö

Kaunis Kuolematon

Nestor

Entonces apareció Carcass.

No importa cuántas generaciones pasen: siguen siendo una institución del metal extremo. Frente al escenario comenzaron a abrirse circle pits casi de inmediato mientras la banda demostraba por qué continúa siendo referencia obligada para cualquier amante del death metal.

Tras la agresiva embestida de Carcass, vino la calma con Sirenia, lo cual me resultó un respiro antes de que el escenario principal recibiera a Epica.

No voy a mentir, no esperaba que terminaran convirtiéndose en una de las mayores sorpresas del festival.

Había visto a la banda anteriormente y pensaba observar solo algunas canciones antes de seguir recorriendo el recinto. Terminé haciendo exactamente lo contrario: acabé en primera fila disfrutando cada minuto de un concierto impecable, lleno de fuerza, precisión y una conexión constante con el público.

Mientras Beast in Black transformaba la noche en una enorme celebración colectiva, yo ya tenía la sensación de haber vivido un festival completo… sin imaginar que todavía faltaba el momento más inolvidable del fin de semana.

El sábado: bailar bajo la tormenta

Sabía que llovería.

Lo que nunca imaginé fue que prácticamente no dejaría de hacerlo durante toda la jornada.

Llegué apenas abrieron las puertas porque For My Pain… merecía cada minuto de espera.

Las primeras canciones transcurrieron con normalidad. Después comenzaron a caer unas gotas tímidas que, en cuestión de minutos, se transformaron en una tormenta de verano.

El equipo técnico corría protegiendo instrumentos. Los músicos hacían ajustes sobre la marcha. Parte del público buscó refugio bajo cualquier techo disponible.

Otros simplemente decidimos quedarnos.

No protegí mi cámara. No corrí. No pensé demasiado. Solo regresé frente al escenario.

Y entonces ocurrió esa clase de momento imposible de planear.

La lluvia dejó de ser un problema y pasó a formar parte del concierto. Las canciones sonaban distintas bajo el agua. El público cantaba empapado. La banda seguía adelante como si el clima hubiera decidido convertirse en un integrante más del espectáculo.

El setlist tuvo que acortarse ligeramente.

No importó.

Cada segundo se sintió irrepetible. Hay conciertos técnicamente perfectos. Y luego están esos que nunca olvidarás porque algo completamente fuera del control de todos terminó haciéndolos únicos.

El resto de la tarde la pasé refugiándome del frío bajo una de las zonas cubiertas mientras seguía desde la distancia las actuaciones de H.E.A.T., Coroner y Seven Spires. El contraste con el calor del día anterior era enorme y, por un momento, pensé que mi cuerpo había decidido rendirse antes que yo.

Por suerte, los autobuses no salían hasta medianoche.

Eso me permitió disfrutar del recorrido que Floor Jansen hizo por las distintas etapas de su carrera antes de despedir el festival junto a Amorphis, una banda que nunca deja de recordarme por qué el metal finlandés sigue ocupando un lugar privilegiado en la escena mundial.

Floor Jansen

Amorphis

El bosque, el lago y la música

Cuando pienso en el John Smith Rock Festival no recuerdo únicamente los conciertos. Recuerdo el olor del bosque después de la lluvia. La gente descansando frente al lago entre banda y banda.

Los pequeños detalles de la decoración. La amabilidad del personal. Las conversaciones improvisadas mientras esperábamos el siguiente autobús.

Recuerdo un festival que entiende perfectamente el lugar donde existe y que ha sabido construir una identidad propia sin necesidad de competir por ser el más grande.

No es casualidad que aparezca constantemente entre los festivales favoritos de Finlandia.

Ahora entiendo por qué tantas personas insistieron durante años en que debía conocerlo.

Y ahora también entiendo que algunas esperas sí valen la pena.

Solo espero no volver a tardar tanto en regresar.

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