El segundo día del Tuska 2025 comenzó con una perspectiva poco común: desde lo alto del escenario, con vista directa al mar de gente que se reunía frente al Karhu Main Stage para ver a una banda muy apreciada del metal finlandés, Timo Rautiainen & Trio Niskalaukaus.

Gracias a una invitación especial de los organizadores para medios acreditados, pudimos hacer un recorrido por las entrañas del recinto en Suvilahti, descubriendo los detalles logísticos, técnicos y humanos que hacen posible este festival.

Tras el recorrido, nos detuvimos a elegir nuestra siguiente parada. A esa hora, el festival se dividía en dos atmósferas muy distintas. Por un lado, Charlotte Wessels ofrecía un espectáculo íntimo y elegante en Radio City Stage, con un enfoque más minimalista pero emocionalmente cargado.

Acompañada por una banda sobria y una puesta en escena sin pretensiones, cautivó a quienes buscaban un momento de calma y conexión personal, interpretando temas de su carrera solista con esa mezcla de vulnerabilidad y fuerza que la caracteriza.

Mientras tanto, la gran mayoría del público se volcó masivamente al Nordic Energy Stage, donde Wind Rose desataba un verdadero campo de batalla musical. Cuando intentamos aproximarnos para verlos de cerca, nos encontramos con un gentío impenetrable, así que decidimos subir a unas escaleras lejanas para disfrutar el espectáculo desde arriba. Aun así, todo el poder de su show nos alcanzó con fuerza: los coros épicos, los riffs imponentes y esa energía casi teatral que transforma cada canción en una marcha triunfal.

Después de la avalancha épica de Wind Rose, nos dirigimos a ver a Mokoma, una de esas bandas que, para mí, tienen un significado especial. Fue de las primeras agrupaciones que conocí cantando metal en finés, y desde entonces las he visto como una auténtica institución del género. Años después, verlos en vivo en el Tuska fue casi como cerrar un círculo. La energía de sus integrantes es envidiable, con riffs afilados y una presencia escénica que transmite tanto oficio como pasión. Y en el centro de todo, Marko Annala, con su melena inconfundible y esa alegría agresiva que lo convierte en un imán para la audiencia. Fue un gran espectáculo: sólido, entregado y profundamente finlandés en su esencia.

Tras ellos, llegó mi primera gran decisión del día —un déjà vu respecto a lo que ya me había pasado el viernes. En aquella jornada, tuve que elegir entre Imminence y Tarja, perdiéndome la presentación icónica de una Tarja Turunen que rara vez actúa en festivales finlandeses. Pero no me arrepentí: elegí con el corazón, y ese corazón me llevó a Imminence. Esta vez, el dilema fue entre dos de mis favoritos: Jiluka y Cemetery Skyline. Aunque apenas dos semanas antes había visto a Cemetery en vivo, volví a inclinarme por ellos por una razón muy personal y práctica a la vez: como fotógrafa acreditada, supe de antemano que Jiluka exigía aprobación previa de todo material publicado, lo que ponía un límite innecesario a mi trabajo. Así que elegí libertad, cercanía y emoción familiar. Y no me equivoqué.

Porque de todas las bandas en las que canta Mikael Stanne —y son muchas, porque su presencia en el metal melódico contemporáneo es tan prolífica como versátil—, Cemetery Skyline ocupa un lugar muy especial para mí. Tal vez sea porque, a pesar de tener un frontman sueco, su ADN es profundamente finlandés, con miembros de bandas icónicas del país y una estética sonora que combina melancolía, elegancia y peso emocional con una naturalidad que solo aquí parece posible.

Verlos en vivo en el Tuska fue una reafirmación de esa conexión. Por cierto, Mikael volvió a subir a ese mismo escenario solo un par de horas después, esta vez con The Halo Effect, sin mostrar una sola señal de cansancio. La entrega y el profesionalismo que despliega en cada proyecto es admirable.

Pero antes de pasar a The Halo Effect, pausemos para platicar de tres de los shows estelares de la jornada. Uno de ellos fue el de Orbit Culture, estos otros suecos llegaron con una descarga de metal moderno con tintes melódicos que encendió al público desde los primeros riffs. Con un sonido robusto, potente y sin adornos innecesarios, demostraron por qué son una de las bandas emergentes más prometedoras del metal europeo actual.

Orbit Culture

En contraste, Alcest ofreció uno de los momentos más bellos y envolventes del día. Su setlist fue una clase magistral de sutileza y fuerza emocional. Definitivamente lo suyo no es el espectáculo en el sentido tradicional, sino la construcción de una atmósfera única, casi ritual, que transforma el espacio y la percepción del tiempo. Neige y compañía demostraron una vez más que su fusión de shoegaze, black metal y post-rock no es una fórmula, sino una experiencia emocional que trasciende géneros. En medio de tanto caos y energía —tan propios del Tuska—, Alcest fue un remanso hipnótico.

Antes de pasar a la mención de dos de las bandas más esperadas del sábado —un día que reunió a nada menos que 20 mil asistentes en Suvilahti—, vale la pena detenernos un momento para destacar a Thrown. Su show, aunque sencillo en producción, fue brutalmente efectivo, directo y agresivo. En cuanto arrancaron los primeros compases, se desataron violentas descargas de energía en forma de moshpits, como si la banda hubiera tocado una fibra nerviosa colectiva. Fue una actuación breve pero contundente, ideal para quienes buscan liberación pura a través del caos controlado.

The Halo Effect fue la banda de cierre para el Nordic Energy Stage, tomando el relevo después de nada menos que Insomnium, quienes ofrecieron un show que muchos esperaban con ansias. Yo, en cambio, decidí aprovechar ese momento para ir a cenar, tomar un respiro y recargar energía. A veces, en un festival tan intenso, también hay que saber elegir cuándo bajar el ritmo. El regreso de Mikael Stanne al escenario, tan solo un par de horas después de su intensa presentación con Cemetery Skyline, confirmó su carisma inagotable y entrega total. La agrupación, integrada por exmiembros de In Flames, desplegó un set poderoso con una precisión impecable en la ejecución. El público respondió con entusiasmo, coreando cada tema como si se tratara de clásicos de toda la vida, lo que dice mucho del impacto inmediato que este proyecto ha tenido en la escena. Fue una actuación que combinó nostalgia y frescura, mostrando por qué The Halo Effect no es solo una reunión de nombres conocidos, sino una banda con identidad propia y mucho por ofrecer.

La siguiente banda de la que quiero hablar tocó más temprano, pero decidí dejarla hasta este punto por el peso escénico y, podría decirse, político, de su presentación. Me atrevería a decir que fueron los verdaderos cabeza de cartel del sábado. Slaughter to Prevail apareció con todo su misterio, sus icónicas máscaras metálicas y una presencia escénica aplastante. La gente no estaba preparada para lo que dieron: un show brutal, oscuro y visceral, donde cada breakdown parecía partir el suelo en dos y cada rugido de Alex Terrible se sentía como un grito primitivo.

Su vocalista, conocido tanto por su imponente voz como por su personalidad polémica, no esquivó el contexto político que los rodea: hubo asistentes que expresaron abiertamente su descontento por su presencia, en relación con los temas de la guerra y su origen ruso. Pero Tuska demostró ser un espacio de libertad de expresión, donde las posturas pueden coexistir y donde también se abre espacio para la reflexión. El propio Alex, entre canción y canción, tomó el micrófono para decir que debemos hacernos responsables de nuestras acciones, mirarnos al espejo y trabajar en corregir lo que está mal en nosotros mismos. Ese momento, inesperadamente humano, contrastó con la violencia sonora de su set, y quedó grabado como uno de los más intensos —en todos los sentidos— de esta edición del festival.

Después de la intensidad brutal que dejó Slaughter to Prevail, el ambiente en Suvilahti no aflojó ni un poco. Al contrario, estaba listo para entrar en una nueva dimensión: la del drama épico y festivo que solo Powerwolf puede ofrecer. El acto principal del escenario principal fue una dosis monumental de power metal teatral, visualmente impactante y perfectamente coreografiada. Su show fue una auténtica misa blasfema, con todos los elementos escénicos que los han hecho famosos: columnas góticas, fuego, humo, vitrales iluminados y una ejecución precisa que convierte cada canción en un ritual. La caracterización de cada uno de sus integrantes —desde el maquillaje hasta sus poses dramáticas— contribuye a esa atmósfera entre lo sacro y lo profano que tan bien domina la banda.

Attila Dorn, con su presencia casi sacerdotal y su voz poderosa, comandó a las masas como un predicador oscuro, mientras el resto de la banda no dejó de interactuar con el público, haciendo que cada coro fuera una celebración colectiva. Entre la solemnidad falsa y la diversión desbordada, Powerwolf ofreció un show digno de headliner, que dejó satisfechos tanto a fans veteranos como a curiosos que se dejaron arrastrar por la energía del momento.

Y como detalle entrañable, desde el mejor spot de la primera fila, un lobito de peluche —alzado por algún devoto fanático— presenció todo el espectáculo, como un pequeño tótem licantrópico que nos recordaba que, en Tuska, el metal también tiene espacio para la ternura.